La paz

La paz nace en el corazón

En la historia de la humanidad nos encontramos a menudo con el término “paz”, que se usa en gran variedad de situaciones. Si bien, hay varias aplicaciones del concepto paz, algo que llama la atención, es que en cualquiera que sea el contexto, la paz es algo supremamente valioso para el ser humano.

En Colombia, el tema de la paz está de moda, pues este ha sido uno de los temas principales en la agenda del gobierno actual. Pero, cabe preguntarnos primero: ¿Qué es la paz?  ¿Cómo puede vivir en paz toda una nación? y ¿A qué tipos de paz puede aspirar el ser humano?

Desde nuestro sitio web www.pastorcitos.com queremos abrir un espacio para hablar acerca de la paz aplicada a diferentes contextos y basados tanto en las sagradas escrituras como en diferentes ejemplos históricos de la humanidad.

Así que empecemos por la definición. ¿Qué es paz?

El vocablo en español proviene del latín “pax”, “pacis”, relacionado con el verbo “pacisci” que significa “acordar” o “hacer un trato”. González Insua, Guillermo, Etimología de la lengua española, https://etimologia.wordpress.com/2006/11/20/paz/ (14 febrero de 2017)

Según el DLE, la paz puede ser una situación en la que no existe lucha armada en un país o entre países. La relación de armonía entre las personas, sin enfrentamientos ni conflictos. Un acuerdo alcanzado entre las naciones por el que se pone fin a una guerra. Estado de quien no está perturbado por ningún conflicto o inquietud. Y en el cristianismo, sentimiento de armonía interior que reciben de Dios los fieles.

La paz en el mundo

Tratados por conveniencia

En la historia de la humanidad la discordia de los pueblos ha sido protagonista. Hay testimonios escritos de enfrentamientos entre ciudades sumerias de hace 4.500 años. Este conflicto al parecer, surgió por el interés de controlar  la llanura del Guedenna, una región agrícola extraordinariamente productiva, que hacía parte de la la zona fronteriza entre Lagash y Umma, ciudades sumerias. La lucha entre estas dos ciudades se remontaba a tiempos muy lejanos y había una historia registrada en tablillas de arcilla acerca de un antiquísimo acuerdo donde la ciudad de Umma podía cultivar en parte de los campos del Guedenna a cambio del pago de un alto tributo a Lagash. Después del conflicto se habían puesto de acuerdo para trazar una frontera que marcaba el territorio de cada ciudad. Lagash se convirtió en una ciudad muy influyente de la región, pero Umma se puso en su contra logrando una alianza con el reino de Ur y el de Uruk. Lagash derrotó a Umma. A pesar de esto, Umma se recuperó con el tiempo, hasta el punto de poder invadir la llanura del Guedenna y apoderarse de sus campos. Se hicieron acuerdos, pero estos terminaban siendo violados. Esto desató una serie de enfrentamientos donde el triunfo pasaba de una parte a otra, que gradualmente fue desvaneciendo el concepto de ciudad-estado y dando lugar al surgimiento de la época de los imperios.

Otra historia la encontramos en la antigüedad bíblica. Había hambre en los tiempos de Isaac, lo cual le llevó a habitar como forastero en Gerar, tierra de los filisteos. Después de cierto tiempo, Isaac se enriqueció y prosperó tanto, que los filisteos le tuvieron envidia, por lo cual el rey Abimelec, le ordenó que se apartase de ellos, pues se había hecho más poderoso que ellos.

Así que, Isaac se fue de allí, y acampó en el valle de la ciudad. Sin embargo, la tranquilidad no vino a Isaac, pues los pastores de Gerar reñían con sus pastores por el agua de los pozos que cavaron en el valle. De manera que, tuvieron que abrir pozos en otros lugares, hasta que, finalmente, no riñeron con él. Entonces, Isaac siguió prosperando en aquel lugar y el rey Abimelec se dio cuenta de esto, por lo cual, el rey fue en su búsqueda para proponerle un pacto de paz, pues temía que si Isaac seguía engrandeciéndose podría causarle mal a él y a su pueblo (Génesis 26).

Otra historia que muestra tratados por conveniencia está en 2 Samuel capítulo 10. La biblia nos narra que cierta vez, los amonitas se aliaron con los sirios y otros reinos para ponerse en orden de batalla contra Israel. Entonces David, el rey de Israel, envió a Joab con todo su ejército de valientes. Al ver Joab que los amonitas y los sirios estaban dispuestos para un ataque frontal y por la retaguardia, envió a Abisai, su hermano con el resto del ejército para cubrir la retaguardia. Cuenta la historia, que en el enfrentamiento los sirios y los amonitas terminaron huyendo. Sin embargo, después de cierto tiempo y no contentos con la derrota, los sirios reunieron de nuevo su ejército para enfrentar a Israel. Pero, nuevamente fueron derrotados por el rey David y su ejército. Finalmente, todos los reyes derrotados, hicieron paz con Israel y le sirvieron.

Como vimos, en las tres historias anteriores es común que los pueblos entren en guerra por diversos motivos y también, en la mayoría de los casos, el derrotado termina buscando un tratado de paz, más por conveniencia que por un compromiso genuino de mantener la armonía entre dichos pueblos. En este sentido, la paz es demasiado sensible y delicada, pues cualquier intención egoísta que surja en el corazón de un sólo hombre, puede despertar pasiones en toda una comunidad que lleven a olvidar los tratados, hasta generar conflictos que se deriven nuevamente en enfrentamientos armados.

De modo que, podemos concluir en parte, que cuando se habla de paz entre pueblos y naciones, el papel del liderazgo es determinante, pues finalmente los pobladores actuarán bajo la influencia de ese liderazgo, casi de una manera ciega.

Los enemigos de la paz

Ahora, cabe preguntarnos ¿Por qué en pleno siglo XXI siguen surgiendo guerras en diferentes lugares del mundo?. Porque el corazón del hombre es motivado por el ego. Cristo dijo: “Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas”. (Mateo 7:12). Pero, los seres humanos no pensamos en el otro. Buscamos suplir nuestras necesidades de manera egoísta, pues, no nos importa si esto afecta al otro. El ego genera ineficacia, incapacidad y separación. Miramos al otro y no nos vemos ahí reflejados, de modo que, nos olvidamos que ese otro siente, piensa y tiene necesidades al igual que nosotros. Somos ineficaces, pues en vez de trabajar en equipo con el otro, lo excluimos y lo limitamos. Nos volvemos incapaces, puesto que en vez de usar las herramientas para concertar la armonía y alcanzar el beneficio mutuo, abandonamos el diálogo, la conciliación, la asertividad y toda una serie de virtudes de la comunicación humana, para optar por la hostilidad y el desprecio hacia el otro. Vivimos separados, pensando que el otro es distinto a nosotros y hasta creamos “etiquetas” para distinguirnos de ellos y así, poder denigrar con justificación rebuscada acerca de todos los atributos que caracterizan al otro, no dándonos cuenta que finalmente estamos hablando de nosotros mismos.

El camino alterno

Ahora preguntémonos: ¿Podremos hallar la paz entre las naciones?

El camino empieza por el individuo. Debemos tener en cuenta que como humanos experimentamos constantemente diversas formas de conflicto interior. Una pregunta básica para empezar podría ser: ¿Cómo nos va resolviendo nuestros propios conflictos?. La biblia dice en Proverbios 27:19:“Como en el agua el rostro corresponde al rostro, así el corazón del hombre al del hombre”. Somos lo que vivimos en nuestro interior. Si nuestro corazón tiene conflictos sin resolver, esto se reflejará en nuestras vivencias cotidianas. En Lucas 6:44-45 la biblia también nos habla de esto: “Porque cada árbol se conoce por su fruto; pues no se cosechan higos de los espinos, ni de las zarzas se vendimian uvas. El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca”.

Entonces, teniendo en cuenta esta reflexión basada en la biblia, debemos examinarnos constantemente a la luz de Dios y estar muy atentos y sensibles a la guía del Espíritu Santo, pues, nuestra experiencia interior terminará influyendo nuestra experiencia exterior. Así que, si queremos extinguir el conflicto en la familia, en la comunidad o en la sociedad en general, debemos desvanecerlo primero en nuestro corazón, experimentar paz interior, para poder impregnar el ambiente de esa paz.

En un próximo artículo seguiremos ampliando más este tema. Te invito a que hagas tus comentarios y, juntos sigamos construyendo meditaciones que impacten y transformen el corazón.

¡Dios les bendiga!

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