El alimento indispensable

San Juan 6:25-59

Estando el señor Jesús en Capernaúm, algunas personas entre la multitud que le buscaba preguntaron ¿cuándo llegaste acá?

Jesús les dice: me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os saciasteis. Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará; porque a este señaló Dios el Padre.

Sin todavía entender las palabras de Jesús, le preguntaron lo siguiente: ¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios?

Jesús de manera sencilla responde: Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado.

Y de manera obstinada continúan la indagatoria preguntando: ¿Qué señal, pues, haces tú, para que veamos y te creamos? ¿Qué obra haces?

Detengámonos a observar que estas personas hacían al Señor Jesús preguntas capciosas, quizá con el ánimo de buscar su caída, o simplemente eran cuestionamientos originarios de una actitud de duda e incredulidad. Sea cual sea la razón, hay algo que está claro, y es que las respuestas del señor Jesús siempre resultan ser inesperadas, pero con un propósito claro: enseñarle a los hombres aquellas cosas por las cuales el Padre le había enviado.

Continuando, Jesús responde: De cierto, de cierto os digo: No os dio Moisés el pan del cielo, mas mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios, es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo.

Ellos le dicen: Señor, danos siempre este pan. Jesús les dice: Yo soy el pan de vida, el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás.

Así que, estas palabras de Jesús despertaron la polémica entre aquellos judíos, que empezaron a murmurar y a cuestionar la veracidad de los argumentos del señor. ¿Cómo dice: del cielo he descendido, si sabemos que es el hijo de José y María a quienes conocemos?

Y (como se dice popularmente) para echarle más leña al fuego Jesús dice: No murmuréis entre vosotros. Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero…

…De cierto, de cierto os digo: el que cree en mí, tiene vida eterna.

Yo soy el pan de vida…

…Este es el pan que desciende del cielo, para que el que de él come, no muera.

Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo.

¿Puede imaginarse las contiendas y discusiones que se generaron entre los incrédulos? Llegaron a preguntarse ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?

Era algo que no cabía en sus cabezas. Simplemente no entendían la profundidad de las palabras de Jesús y mucho menos sabían quien era el que les hablaba, nada más y nada menos que Dios hecho hombre, la esperanza de salvación.

No concebían en su forma de pensar aquello de comer la carne de Jesús, ni tenían la más mínima idea del sacrificio que vendría más adelante para corroborar la entrega de la carne y la sangre de nuestro Señor Jesucristo.

Sin embargo, el señor habla con firmeza y sigue enfocado en transmitir el deseo del Padre a los hombres. Él quiere que aceptemos por fé a su Amado Hijo como su regalo de amor para salvación nuestra. Nuestras necesidades más profundas son suplidas completamente al comer y beber el cuerpo y la sangre de Cristo. Comer el pan de vida es creer en él, aceptar su obra, aferrarse a la salvación gratuita que nos dió en su entrega incondicional. Comer el pan de vida, es llenarnos de la pureza de Dios, es alimentar el espíritu de la sublime presencia de su Santo Espíritu sin tener que realizar más esfuerzo que simplemente aceptarlo, dar validez a su entrega por nosotros como paso fundamental de nuestra fé y dejar que el poder de su entrega y amor transforme nuestras vidas de adentro hacia afuera mientras avanzamos en el camino del conocimiento de Dios.

Si pensamos en la historia de nuestra humanidad, veremos que hemos tenido “hambre” de muchas cosas, como el poder, el éxito, el dinero, la belleza física, el placer, la aceptación de quienes nos rodean, entre muchas otras cosas que siempre hemos venido persiguiendo. Sin embargo el ser humano no se sacia con estas cosas, pues cuando las alcanza siempre quiere más.

Jesús viene a nuestras vidas, con su palabra como alimento espiritual a nuestras vidas. Recordemos que él es el verbo, él mismo es el alimento espiritual. Su vida, su obra, su palabra son el testimonio por excelencia para que nuestras vidas imiten sus virtudes, pero no como un esfuerzo y compromiso propio, sino más bien como un acto de fe cuando al aceptarlo como nuestro Señor y Salvador, le dejamos entrar a nuestras vidas para que él nos guíe en el día a día y, como dijo el apostol Pablo, no vivamos ya nosotros, sino que sea Cristo el que viva en nosotros.

Finalmente, medita en estas cosas y pregúntate lo siguiente:

¿Qué es lo que estoy persiguiendo en mi vida? ¿Tiene esto sentido? ¿Qué debo hacer para que mi vida sea plena? ¿Mis actividades diarias cómo podrían estar en armonía con lo que Dios quiere de mí? ¿La biblia solo es un libro religioso o es la palabra de Dios que vivifica mi ser? ¿Es Jesús el pan de vida, mi alimento?

¡Dios te bendiga!

 

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